Dr. Gonzalo Báez Camargo

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UNA VIDA AL DESCUBIERTO

GONZALO BAÉZ CAMARGO

UMBRAL

 

Selección de textos y síntesis, Ing. Victoriano Báez

 

“La muerte sólo se lleva el cuerpo, pero lo más importante, lo más valioso, permanece aquí.”

 

i. Introducción. Poesía, Cristo y Sagradas Escrituras

 

"Sirvan las palabras de la Srita. Lissette Báez Camargo, nieta del doctor Gonzalo Báez Camargo, como exordio a este modesto comentario, prólogo a un libro extraordinario.

 

         Imposible seguir adelante sin subrayar el amor de don Gonzalo a Cristo y a las Sagradas Escrituras: "Voy a seguir tus pasos, definitivamente" dice en uno de sus poemas, anhelo que cumplió al pie de la letra. Caminó en pos de Cristo desde su niñez hasta el día de su muerte y más allá. Mas allá ya que hoy goza de la presencia de su Señor, anhelo que Jesús mismo expresó en una plegaria que dice: “Padre, tú me los diste, y quiero que estén conmigo donde yo voy a estar, para que vean mi gloria, la gloria que me has dado; porque me has amado desde antes que el mundo fuera hecho” (Juan 17:24).

 

           Quisiera mencionar aquí cada uno de los ensayos que forman este libro, valiosos todos, pero el espacio me pide poner punto final. Sin embargo, vale la pena decir algo sobre “Escenas de Familia” donde en forma por demás emocionante algunos familiares de don Gonzalo nos hablan de él como hijo, como esposo, como padre, como suegro y como abuelo. El Poema suyo “Tú no has muerto”, escrito con motivo del fallecimiento de su progenitora es de sin par belleza.

 

          Por último, estas palabras de Plinio el joven, escritor latino de remotos tiempos: “Es una misión noble rescatar del olvido a los que merecen ser recordados.”"

                                                                                                   Luis D. Salem.

Extracto del Prólogo del libro: Gonzalo Báez Camargo, Una Vida al Descubierto.

 

ii. Gonzalo Báez Camargo

 

El presente escrito es un resumen del contenido del mencionado libro, destacándose sólo tres de los dieciséis perfiles que contiene y que nos presentan el temperamento y personalidad inigualable del cristiano evangélico en cuyo honor y recuerdo ostenta su nombre el Seminario Metodista con sede en la Ciudad de México.

 

2.1. DON GONZALO, HIJO: Pareciera ser tema de novela la niñez de Gonzalo, pues a muy tierna edad primero pierde a su padre don Guillermo y sólo unos años más tarde a su mamá, doña Rosendita.

 

         Habiendo cumplido los 11 años: en su tierna edad, en su memoria de niño, queda grabada para toda la vida la etapa de orfandad al lado de su mamá, quien forma todo su mundo y toda su familia. El don de la poesía se revela en los poemas dedicados a su mamacita:   “Tú no has muerto”  y “Mors”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

   

 

 

 

 

 

           

           

 

 

            Y así fue, el 31 de octubre de 1993, cuando Gonzalo Báez Camargo recibió la corona de la vida.

 

         Rosendita Gonzalez Angulo de Camargo, maestra en la Escuela Metodista de Oaxaca, contrajo matrimonio muy joven con Guillermo Camargo, maestro y predicador sagrado. Más tarde, en una insalubre tierra chiapaneca expiró Guillermo, y Rosendita, tan joven hecha viuda, emprendió el regreso al viejo nido y pobre y con muchas contrariedades, luchó con heroísmo, trabajando como buena y ardiente propagandista de la fe de Cristo.

 

         Siendo fiel y activa congregante de la entonces Iglesia Metodista de Oaxaca ubicada en la calle de Fiallo no. 2, se mantenía en pie animada por la esperanza de ver a su hijito Gonzalo ingresar al colegio de Puebla para cursar la carrera del ministerio. Inesperadamente grave enfermedad se presenta y rápidamente segó su vida, habiendo ahorrando tristezas y dolores. El sábado 26 de noviembre de 1910, en un marco de modelo de fe y resignación cristiana, sin un solo movimiento, sin agonía, sin señal que denunciara sufrimiento alguno, recibió la Corona de la Vida, sabiendo que el vivir es Cristo, mas el morir es ganancia. Su preocupación fue dejar sólo a Gonzalo a la edad de 11 años cumplidos, y cuando le asistía pastoralmente el entonces Superintendente Dr. Victoriano Daniel Báez, Rosendita le pide hacerse cargo de Gonzalo. Así, el Dr. Báez adopta a Gonzalo y lo integra a su ya numerosa familia tratándole como un verdadero hijo durante toda su vida hasta su muerte en 1938.

 

         Su original nombre completo fue: Gonzalo Camargo y González Angulo y cuando se concreta la adopción que hizo el Dr. Victoriano Daniel Báez, Gonzalo oficializa su nombre como Gonzalo Báez Camargo y González Angulo, quedando coloquialmente el de Gonzalo Báez Camargo. Durante su vida de trabajo periodístico adopta el pseudónimo de Pedro Gringoire, el personaje poeta de “Nuestra Señora de Paris” de Victor Hugo y que usó, tanto para su trabajo periodístico por 70 años como de libros de literatura, poesía y temas de historia universal.

           

           Don Gonzalo nació en Oaxaca, Oax. el 13 de noviembre de 1899. De su vida podemos decir lo siguiente.

       

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

         Durante su vida recibió diversas distinciones, destacándose: Primer Premio y Medalla de Oro Poesía Popular por “¿Noche Güena la di’ora? de la Junta de Navidad, Querétaro, Qro.; Mención Honorífica, Poesía Popular por “Perate que Trille”, de la Gran Feria Comercial de Puebla; Premio Nacional de Periodismo, México en 1935.

 

 

 

 

 

 

 

 

2.2 DON GONZALO, EL POETA. Del escrito del Dr. Arnoldo Canclini.

 

La poesía revela al hombre más que cualquier otro género literario ya que es el que surge desde la profundidad subjetiva del autor, a quien podemos conocer en su alma leyéndolo aunque se nos escapen su figura y sus hechos. Mi abuelo, Juan C. Varreto, <relata Canclini> comentó una vez: “Todavía no lo conozco, pero Báez Camargo ya me tiene cansado. Todo el mundo se la pasa diciendo que hay que esperar que él llegue (a Argentina) para opinar sobre esto o declarar sobre aquello. ¿Quién se cree que es?. Pero al día siguiente, apenas regresó se apuró a aclarar: “Tengo que corregirme. Báez Camargo no tiene la culpa de lo que digan los otros. Es el hombre más sencillo, el cristiano más sincero que conozco”.

 

         Continúa Canclini, ese cristianismo profundamente sentido es la esencia de sus versos. Pero por supuesto no basta ser buen cristiano para ser buen poeta. Algunos de sus poemas apelan al verso libre, pero la mayoría se ata cómodamente a las reglas estrictas de la versificación, como en los sonetos de las “Mujeres de la Biblia”. Su producción poética, sin duda surge de lo experiencial y de origen bíblico, lo cual nos habla de su amplia cultura escritural, absorbida en una interioridad que la Palabra de Dios moldeó de manera decisiva. No sólo fue hermeneuta, traductor, difusor y expositor, sino también captador  del sentido tras las palabras como para producir una serie de composiciones que enriquecen multitud de escritos y sermones actualmente. Una buena parte tiene que ver con la persona y los sentimientos del Salvador, como en “Jesus lloraba”, “Las Manos de Cristo” o “Pedro contesta a Jesús”. También descubrimos un Báez Camargo conocedor y amante de los clásicos de todas las épocas y latitudes. Su interés por todo lo que ocurría en el mundo se ve en “Dejad en paz a Cristo, generales”, profético en sus invectivas, que nos muestra un cristiano sufriendo por sus hermanos de otros continentes. Nadie dudará que Báez Camargo fue doscientos por ciento mexicano, por ejemplo, en su “Don Quijote en América”, revela el convencimiento de la necesidad de fusionar culturas.

 

         Nunca tuvo temor de usar un lenguaje sumamente sencillo como en los poemas infantiles “El Caballito” o en su “Balada a los niños pobres” y si en cambio, como Académico de la Lengua Española, el uso de un lenguaje altamente elevado como el revelado en la traducción de los Salmos en los originales de la Biblia del Nuevo Milenio.

 

         En su poesía, Báez Camargo, concluye Canclini, nos demuestra que el transcurrir que va del nacimiento a la tumba es no tanto una peregrinación como una lucha, una carrera de atleta, siempre enfrentando dolores y adversarios, cuando no las propias falencias. Tras los pasos del que fue desde la Navidad (también cantada en un poema) hasta la cruz, sufriendo toda clase de penurias, nosotros seguimos siendo, antes que nada, cada uno de nosotros, “El portador de la antorcha”:…¡Sólo importa una cosa: que la antorcha encendida // vaya siempre adelante!

 

2.3. ECUMENISMO Y MISIÓN EN GONZALO BÁEZ CAMARGO. Del escrito del Dr. Samuel Escobar.

 

Al promediar este siglo veinte que algunos consideran como el siglo del ecumenismo, Gonzalo Báez Camargo llegó a ser mundialmente conocido como una de las figuras más representativas del protestantismo latinoamericano. Esta posición impuso al ilustre maestro mexicano responsabilidades a nivel continental y global que él ya había asumido a nivel nacional en su propia patria. Destacan algunas actividades bajo el rubro general de una “tarea ecuménica”, a la cual don Gonzalo se entregó con la disciplina y la entereza que le caracterizaron toda su vida. Esta tarea tuvo por lo menos tres dimensiones, ya que Báez Camargo fue en primer lugar intérprete del protestantismo y en especial del metodismo para América Latina, en segundo lugar un intérprete del protestantismo latinoamericano para el resto del mundo, y en tercer lugar un activista del movimiento ecuménico, arraigado en su iglesia local y al mismo tiempo participante en el diálogo y la búsqueda de la unidad cristiana en escala mundial.

 

         El salto de Báez Camargo a la fama ecuménica se dio en 1929 cuando fue elegido para presidir el Congreso Evangélico Hispanoamericano de la Habana, en el cual, la mayoría de los asistentes fueron líderes latinoamericanos durante el cual pudo articular una expresión claramente contextual de la identidad y el sentido de misión de los evangélicos.  Se destacó por un brillante desempeño, pues dirigió el Congreso con gracias latinoamericana y eficiencia anglosajona. Testigo de este evento es el libro: “Hacia la renovación religiosa en Hispanoamérica” de larga y efectiva vigencia. Don Gonzalo fue corresponsal de la International Review of Missions y estuvo presente en la reunión del Consejo Misionero Internacional en Tambaram, India en 1938 cuando se empezaron a dar pasos firmes para formar el Consejo Mundial de Iglesias.

 

         Asistió como consultor latinoamericano a la Asamblea en la cual se formó el Concilio Mundial de Iglesias en Amsterdam en 1948 trabajando activamente en la sección IV tratándose el tema “La Iglesia y el desorden internacional”. Fue también miembro del consejo de redacción de la revista Ecumenical Review, cargo que mantuvo hasta 1966, en la cual trató de interpretar la realidad ecuménica de América Latina explicando las dificultades del ecumenismo en la región por la hostilidad del catolicismo romano y la falta de coordinación entre las misiones evangélicas.  Sostenía que las iglesias latinoamericanas podían contribuir a la comunión mundial con su celo evangelizador, su amor por la Biblia, la riqueza de su experiencia mística y el fermento revolucionario que buscaba la pertinencia del Evangelio para el orden social.

 

           En ocasión del Concilio Vaticano II, en mayo de1963 se realizó una Consulta en México sobre la lectura y difusión de la Biblia, convocada por la Comisión Evangélica de Estudios. En ella participaron como oradores José Míguez Bonino, único latinoamericano que participó como observador  en el Concilio, Federico J. Huegel y Báez Camargo con la ponencia: “Signos de renovación en la Iglesia Católica Romana” cuyo enfoque fue siempre, “acercándonos a la iglesia romana podemos darles la Biblia y en consecuencia el verdadero Evangelio de Jesucristo en la pertinencia de un diálogo fraternal”. Vio en el Concilio seis indicios: una nueva actitud hacia el protestantismo, un vigoroso avivamiento de los estudios bíblicos, el retorno a la Biblia, una renovación teológica, un nuevo culto, un esfuerzo de reconciliación con un nuevo orden social y una corriente de democratización del régimen eclesiástico. Consecuente con la nueva situación, Báez Camargo colaboró en la traducción y revisión de varias versiones ecuménicas de la Biblia, incluyendo la Editorial Herder en España.

 

2.4.  DR. GONZALO BÁEZ CAMARGO. 

DECLARATORIA ESCRITA Y TESTIMONIAL (1954). “ESTE ES EL ECUMENISMO EN QUE YO CREO”

 

Se insiste por ahí en dar una impresión ignara o mal intencionada de lo que es el ecumenismo. Se dice que el ecumenismo significa menosprecio de los valores doctrinales y por ende, denominacionales de las iglesias cristianas evangélicas. Que es una especie de revoltura sin ton ni son. Un desteñimiento general. Y hasta, extremando el encono o la ingenuidad inmersa en la ignorancia absoluta sobre el tema, llega a acusársenos, a los que creemos en el ecumenismo, de traición y deslealtad a nuestra Iglesia particular con el objetivo único de llegar a ser aceptados incondicionalmente en el seno de la iglesia católica romana.

 

         Por ejemplo, creyendo insultarme, cierto individuo me llamó una vez –con indirecta sátira- “Don Ecuménico”. Un alto e inmerecido honor para mí. Así me situó en la categoría de cristianos de verdadera prominencia. Pongamos  por caso, el doctor Juan A. Mackay, a quien sus estudiantes de Princeton llaman cariñosamente “Juanito Ecuménico”. Yo espero y confío en que, cuando se entienda bien lo que es el ecumenismo –no otra cosa que la santa causa de la unidad cristiana por la que Cristo oró- el apodo con que me ha honrado el individuo en cuestión vendrá a ser mi más alto, aunque inmerecido título.

 

                  Y no es que se haya aclarado y explicado lo que es y lo que no es el ecumenismo. Pero esas explicaciones, o no han llegado a oídos de los que insisten en confundir los términos, o se trata simplemente de taparse los oídos para no oír y cerrar los ojos para no ver. Expliquémonos una vez más.

 

         El ecumenismo es como el disco que en las clases de física sirve para demostrar la composición de la luz. Ahí están los colores. Cada uno diferente a los demás. Fuerte, bien definido, claramente demarcado. Se hace girar el disco, y aparece el blanco del cual todos forman parte. Para que esto suceda he aquí los requisitos: (1) Que cada color retenga su propio tinte; (2) Que los colores, aunque distintos, estén juntos; (3) Que todos reconozcan un solo centro.

 

         Este es el ecumenismo de los colores y la luz.  El verdadero ecumenismo, y no las caricaturas que se hacen de él para luego darse el gusto de ponerlas en solfa.  Cada tradición denominacional es uno de esos colores. Ha recibido de Dios la comisión de custodiar ese “color”, que es parte del espectro de la Luz Divina.  El ecumenismo no sólo no le demanda que se “destiña” sino que al contrario, le pide que sea fiel a su “color”, que lo mantenga sin máculas ni desteñimientos. Porque con colores desteñidos jamás se logra producir la combinación indeficiente de la luz. Colores fuertes, bien definidos, pues. Lealtad a las convicciones denominacionales de bases cristianas y evangélicas. Mientras más firmes, mejor.

 

         Pero para formar la luz de Cristo –“Vosotros sois la luz del mundo” –los colores (las denominaciones) deben estar “todos unánimes  juntos” (Hech. 2:1) No “cada quien por su lado”. No dispersos y al azar. Mucho menos en conflicto unos con otros. Atravesándose y encimándose. Porque todos deben tener un solo y mismo centro: nuestro Señor Jesucristo. Cuando  “todos unánimes juntos” giran en torno de Cristo, Su Voluntad, Su Honra, Gloria y Reino, entonces –y únicamente hasta entonces- se produce la luz que alumbra al mundo. De otro modo, todo es confusión, mal testimonio y causa de que el nombre de Cristo sea menospreciado y hasta blasfemado.

 

          Disco de espectro solar: eso es el verdadero ecumenismo. El ecumenismo en que yo creo. El campo en que sirvo. El ideal por el cual laboro. O, cambiando de figura, el ecumenismo es como una orquesta. En una orquesta hay diferencia de instrumentos. Un músico toca la flauta. Otro la tambora. El de más allá el violín concertino. El de acullá los humildes timbales. Todos necesarios. Todos, en su respectivo papel, igualmente importantes.

 

          Y cada uno tiene su partitura. Cada uno tiene sus propias notas. No todos tocan la misma nota. A veces, a uno le toca llevar la voz cantante. A veces hay solistas. El son de la tambora no es igual a la melodía de la flauta. Lo que toca el clarinete no es igual a lo que toca el contrabajo.

 

           Y sin embargo, hay diferencia entre una orquesta y un pleito de perros y gatos. Todos los músicos de una orquesta tocan la misma obra, aunque les toque diferente reparto dentro de ella. Ninguno se pone a tocar “La Traviata” cuando otro está tocando “El Barbero de Sevilla” mientras el de al lado se suelta con un vals de Chopin. Tampoco se van cada quien tocando por su lado. Ahí va por la calle el de la tambora dando tamborazos, mientras dos calles adelante o atrás va el otro dando pitazos, aunque ambos vayan tocando la misma pieza.

 

           No. La orquesta se halla bajo la batuta de su director. Todos lo siguen y obedecen. Dan el tiempo que él les marca. Es él quien les da las entradas y le señala los silencios.

        

          Claro está que es necesario que cada quien se atenga a su instrumento y a su papel. Que sea fiel a ellos. Que dé con claridad, distintamente, su sonido y su nota. Que el tamborazo no parezca otra cosa que tamborazo. Y que la flauta no suene como acordeón. Y que el violín no suene como ni siquiera como su pariente violoncelo.  Armonía no es monotonía o “idéntica igualdad”. Al contrario, para que haya armonía se necesita diferencia de notas. Diferencia, nunca disonancia.

     

        El sentido de esta parábola es evidente. Ecumenismo quiere ser armonía nunca uniformidad. En la providencia de Dios, hay repartimiento de “diferentes dones, según la gracia que nos es dada” (Rom.12:6), así a las denominaciones como a los individuos. Instrumentos diferentes, diferentes partituras. El ha hecho el reparto. Para el Señor todos los instrumentos y todos los papeles son importantes  y necesarios. La obra que se ejecuta es una misma: el Canto de Salvación en Cristo. Pero todos deben armonizar sus partes obedeciendo al mismo Director. Cada quién apegado fielmente a su nota y a su instrumento, porque de otro modo la ejecución de la obra se estropea. Pero todos fieles a la misma obra, todos dóciles bajo la batuta –que tiene la forma de cruz-  de Cristo el Director.

       

       Orquestación sinfónica.  Proclamación conjunta y acorde del Evangelio.  Armonización de propósitos y de esfuerzos. Testimonio unido de la salvación.  Y que  “Cristo sea todo y en todos”.  Este es el ecumenismo, netamente cristiano y evangélico en el que yo creo.          

 

Nota al margen: Victoriano Báez Camargo.(Febrero 2007)

El Ecumenismo en México, tuvo su origen en los inicios del siglo XX, cuando el cristianismo evangélico crecía a niveles de calidad y espiritualidad inusitados. Entonces, las ahora llamadas “iglesias evangélicas históricas”, pioneras heroicas del cristianismo,  al apreciar su aislamiento individual, vieron la imperiosa necesidad de cumplir el mandato del Redentor y Salvador, de unidad e iniciaron el acercamiento de sus respectivos liderazgos y consecuentemente de sus congregaciones. Así, el ecumenismo tuvo su origen en la interacción y hermandad entre las denominaciones cristianas y evangélicas. A 52 años de haber sido escrito esta declaratoria escrita testimonial, (publicada en varias revistas evangélicas en América Latina), se hace necesario reemplazar el término evangélico por el de “cristiano-evangélico” para distinguirse del catolicismo romano que se ha autodefinido también como “cristiano”.  El tema y la visión de su autor mantienen una vigencia que impacta. En ese lapso, el término “Ecumenismo” ha sufrido el “manoseo”, maltrato y mal uso por parte del catolicismo romano, como ha sucedido con otros términos netamente bíblicos obligando a los cristianos-evangélicos a reemplazar su legítimo uso por otros equivalentes.  Es en este sentido que para el catolicismo romano, ecumenismo se concibe  como la unidad bajo su propia estructura doctrinal y dogmática de manera que los demás “cristianos” renunciando a sus principios bíblicos de fe y de doctrina evangélica habrán de subyugarse a la estructura de autoridad doctrinal romana. Esto ha originado, que el liderazgo de las llamadas nuevas iglesias cristianas o emergentes, emanado tanto del catolicismo romano como de las evangélicas históricas, satanicen el término y condenen a quienes, bajo el concepto original, busquen la esperada unidad entre los verdaderos cristianos que ratifican en sus doctrinas las enseñanzas evangélicas de nuestro Señor Jesucristo. En la realidad actual, siglo XXI, algunos líderes, en el afán de salvaguardar, a su juicio autónomo y particular,  su única y verdadera “sana doctrina”, se aíslen evitando relacionarse con otros consiervos y consecuentemente aíslen a sus congregaciones de otras que bíblicamente son también cristianas-evangélicas  rompiendo la tan ansiada verdadera unidad anhelada por Nuestro Redentor en la Magna oración de intercesión consignada en el Evangelio según San Juan capítulo 17.  Es común ver que pastores y sus congregaciones no interactúen con sus hermanos en la fe que se encuentren localizados geográficamente a escasos metros de su propia iglesia, dando un triste testimonio al mundo de división y separación que choca frontalmente con la precisa y preciosa instrucción de nuestro Salvador y Redentor Jesucristo:

 

 “Les doy este mandamiento nuevo: Que se amen los unos a los otros. Así como yo los amo a ustedes, así deben amarse ustedes los unos a los otros. Si se aman los unos a los otros, todo el mundo se dará cuenta de que son discípulos míos”  (Juan 13:34-35 DHH).

 

2.5 GONZALO BAEZ CAMARGO COMO TEÓLOGO. Del escrito de René Padilla.

 

Una insaldable deuda espiritual.- En su ensayo Genio y espíritu del metodismo wesleyano Báez Camargo muestra las raíces teológicas e históricas del compromiso evangélico de su pensamiento y convicción, incluyendo su dimensión social. Se define a sí mismo como “un metodista de tercera generación en México”, y dice tener “una insaldable deuda espiritual” con el metodismo y su ensayo hace honor a los valores espirituales de esa herencia metodista. En dicho ensayo, hace un profundo estudio de las raíces mismas del metodismo que, provisto de “una teología de gracia experimentada” corrigió los problemas creados por el dogmatismo intelectualista y sirvió de medio para que miles de personas conocieran a Jesucristo como una realidad presente. Habla de un avivamiento desbordante de “entusiasmo racional” que alcanzaba inclusive a la gente humilde y de “su piedad ilustrada” en contraste con el oscurantismo de quienes se oponían al progreso de la ciencia y los conocimientos humanos en nombre de la fe cristiana.

En otro capítulo del valioso ensayo sobre la herencia metodista: “Una evangelización revolucionaria” ilustra su preocupación por una misión integral que no permitía la artificial separación entre el “evangelismo personal” y el “evangelismo social”. Para él, quienes  contraponen la regeneración de individuos y la reforma social tienen un evangelio trunco.

 

         Otro libro que revela el profundo espíritu evangélico de Don Gonzalo catalogado como “Sermones Laicos”: Las Manos de Cristo, es un compendio de artículos publicados en su columna editorial del diario Excélsior cumplieron con su anhelo de compartir el evangelio en un lenguaje de todos los días en una publicación de circulación nacional y en los cuales, a lo largo de diecinueve capítulos va cobrando forma la figura de Jesucristo, vestido en elegante prosa.

 

         Don Gonzalo nos sorprende con amplia gama de títulos para referirse a Jesucristo. Divino Carpintero, Varón de Dolores, Luz, Proletario de Nazaret, Pobre y Amigo de los pobres, Divino Camarada, Nuestro Señor del Látigo, Soliviantador Espiritual de los de abajo, Divino Perseguido, Cristo del Silencio, Espíritu universal y eterno, Héroe del Sufrimiento, Supremo Amador, el Justo, Profeta del Nuevo Orden, Muerto y Resucitado del Calvario, Peregrino de Emaús. Uno de los temas que se reiteran lo largo de todos esos artículos editoriales es el de los sufrimientos de Cristo. Para él, Dios se revela preeminentemente en el Cristo del Calvario “el Cristo de las manos traspasadas” porque es “un Dios que sufre…cuyas lágrimas se mezclan, en simpatía, con las nuestras”. Esto no niega el triunfo de la resurrección: lo que niega es que el Dios que se manifiesta en Jesucristo sea un ser impasible frente al sufrimiento humano. Por el contrario, él es el Dios que se compromete con la situación humana, el Dios que sufre por sus hijos, el Dios que a través del amor convierte el sufrimiento en “potencia redentora y fuente de vida eterna”. “Dios no sería perfecto si no fuese capaz de sufrir”, puesto que, “el verdadero amor es siempre amor que sufre y, porque sufre, redime”. Desde esta perspectiva, no hay lugar para el triunfalismo superficial que los cristianos adoptan a veces en su relación con la sociedad secular, sin Dios y sin esperanza. El único triunfo que reconoce el Evangelio es el triunfo del Mesías crucificado, el Cristo que “escogió la cruz, porque la cruz es el amor, hecho terrible en la sublimidad del sacrificio. Y el amor reclama amor. Y el corazón del hombre sólo se regenera por el amor”.

 

         Décadas antes de la “cristología de la liberación” de los Boff y los Sobrino, Gonzalo Báez Camargo subraya la identificación de Jesucristo con los pobres: interpreta tal “opción por los pobres” como la consecuencia lógica de un amor que trasciende todas las diferencias y se constituye en la base de la “fraternidad humana universal”. Evidentemente para Don Gonzalo toda la historia y la vida humana encuentran su sentido en Jesucristo y en su ley del amor. “Ante todo y sobre todo, el divino atrevimiento del amor”. Tal atrevimiento halla su expresión suprema en la muerte de Jesucristo en la cruz. Ésta, por su “poder purificador, restaurador y santificador”, se constituye en el medio de salvación no meramente individual sino del mundo, puesto que “Sólo en la Cruz y por la Cruz pueden extinguirse las enemistades y establecerse entre las naciones aquellos vínculos internos y sólidos con que entretejerlas en una duradera cooperación”.

 

         El amor es a la vez el camino que conduce a Jesucristo. Sin amor, Cristo permanece prisionero en el “materialismo religioso, el diletantismo histórico, la pedantería escolástica o el parasitismo espiritual”. “Y así, la única manera de liberar a Cristo es aprisionarle en las cárceles del corazón, y hacer de Él, en las honduras interiores, el generador de una vida nueva y abundante”.

 

         Estas palabras, como muchas otras de sus escritos, nos permiten echar una mirada a “las honduras interiores” de don Gonzalo y descubrir allí el secreto de su vida y de su teología: un profundo amor a Jesús de Nazaret, en quien él reconocía “la presencia real, viva, plena y gloriosa de Dios, “Dios hecho hombre, por el sublime impulso del amor”. Con raíz en ese amor, su fe se hace “teología laica”, teología en que lo cristiano, como en la filosofía de maestro Antonio Caso, según dice el mismo Báez Camargo, “rebasa claustros y púlpitos, y, hablando un lenguaje nuevo, sube a la cátedra, aborda la tribuna y se echa a la calle en el periódico y la revista” concluye René Padilla.   

Nota al margen:. Durante más de 50 años, Gonzalo Báez Camargo se mantuvo como Editorialista del diario Excélsior usando el muy conocido y más recordado pseudónimo de Pedro Gringoire en sus tres columnas: El Pulso de los Tiempos, Libros de nuestros Tiempos y Bibliogramas. Muchísimos fueron sus asiduos y constantes lectores incluyendo destacadas personalidades de todos los segmentos culturales, políticos y religiosos y quienes fueron impactados por el mensaje del Evangelio que en forma muy elevada, sutil y elegante, estuvieron presentes en todos sus artículos, sin duda fueron efervescentes y fértiles semillas profundamente sembradas. Incomprendido, Pedro Gringoire, por algunos extremistas y legalistas evangélicos por no “predicar” a la manera de hacerlo en un pulpito, nunca afectaron su fórmula de tratar todo tema desde la perspectiva de su real y efectiva teología e incuestionable fe.

 

         

Mors

 

Madre:

Quiero morir cual tú, con esos mismos

presentimientos celestiales

que alumbran tu espíritu

en tu postrer instante.

 

Que cuando deje el mundo,

haya en mis ojos esa misma

quietud que hubo en los tuyos;

esa paz que tuvieron tus pupilas

en tus momentos últimos.

 

Con las mismas quietudes mi pupila

y con la misma placidez mi frente;

con tu amor y tu fe mi alma tranquila,

quiero morir cual tú: serenamente…

 

Tú no has muerto

 

Madre, madre, yo sé que tu no has muerto

y que en aquella tarde me engañaron

cuando la negra caja se llevaron

y nuestro humilde hogar quedó desierto.

 

¿Qué estabas muy enferma? Sí, ¿Qué un día,

por mucho que trataron de alejarme,

logré entre cortinas ocultarme

y ver cuando empezaba tu agonía?

 

Sí, lo recuerdo bien, tu frente pura,

tus entreabiertos labios, tu mirada

comenzando a apagarse, más clavada

con insistencia mística en la altura.

 

Invadía un pavor desconocido

mi espíritu infantil…Luego, me vieron

y me echaron de ahí. ¡Qué crueles fueron!

¡Nunca habrán aquel crimen comprendido!

 

Hoy que el tiempo ha pasado, ¡cómo siento

no haber podido recoger de hinojos

tu mirada postrera con mis ojos

y con mis labios tu postrer aliento!

 

Tal vez, próxima al fin, con voz quedita

me llamaste queriendo despedirte,

y yo no estaba ahí para decirte:

¡No te vayas tan pronto, mamacita!

 

Cuando me permitieron el regreso

me acerqué al ataúd en que yacías.

Te iba a besar…mas viendo que dormías

detuve entre mis labios aquel beso.

*******

Muchos lloraban en silencio cuando

la caja descendió a la sepultura.

Yo no lloré. ¡Me pareció impostura

el decir que te estaban enterrando!

 

Es muy cierto, muy cierto que te fuiste;

que aquel hogar risueño de mi infancia

donde eras tú la luz y la fragancia

al volver me lo hallé vacío y triste…

Y con todo yo sé que no fue cierto

que en aquel ataúd te sepultaron.

Yo sé madre, muy bien que me engañaron

y que tú no te has muerto…¡no te has muerto!

 

Yo sé que vienes, cariñosa y buena,

a consolarme cuando estoy enfermo,

cuando estoy triste a compartir mi pena

y a acariciar mi frente cuando duermo.

 

-¿En donde estás?-exclamo cuando ansío

rasgar el velo cruel que te me esconde.

y oigo tu amante voz que me responde:

-¡Aquí en tu corazón, hijito mío!

 

¿Aquí en mi corazón! ¿Ves cómo es cierto

que aquella tarde triste me engañaron

y que mentira fue que te enterraron?

¡Madre, madre! ¿Ya ves cómo no has muerto?

 

Viva estás para mí. Ni una ceniza

cubre el sagrado fuego en que me inflamo.

Viva estás para mí, porque te amo,

y el amor, ¡a los muertos eterniza!

 

Y pues mi amor le impide retenerte,

en el sepulcro aquel no estas cautiva.

Tú nunca has de morir mientras viva:

¡El amor es más fuerte que la muerte!